Curiosidades

Un viaje al interior de la “fábrica de huellas” del FBI

Antes de que el FBI -y en general todo el mundo actual- se volviese exclusivamente digital, la central del FBI dedicada a la clasificación y almacenamiento de huellas dactilares de delincuentes de Estados Unidos se parecía mucho a lo que hoy podemos ver en un almacén de Amazon. Buena prueba de ello es este artículo que publicamos en su día.

Pero como podremos imaginar, allá por la década de 1920 la popular oficina de lucha contra el crimen norteamericana no era así, y tan sólo contaba con 25 trabajadoras, todas mujeres, encargadas de la clasificación de alrededor de lo que entonces eran poco más de 800.000 tarjetas obtenidas por el viejo método de impresionar los dedos en un cartón previamente impregnados en tinta.

Apenas 20 años después, en 1943, ya tenían más de 20.000 empleados clasificando nada menos que 70 millones de huellas dactilares. En el punto álgido de la Primera Guerra Mundial, los archivos estaban tan colapsados que el FBI finalmente tuvo que mudarse  una instalación de 8.000 metros cuadrados propiedad de la Guardia Nacional en Washington. Llamaron al lugar, la Fábrica de Huellas.

Tras la guerra llegaron nuevas responsabilidades para el FBI. Ya no solo se dedicaban a investigar los crímenes “normales” cometidos dentro en los Estados Unidos. El mundialmente conocido “Bureau” comenzó a clasificar y rastrear sospechosos de espionaje, a recolectar  información de cualquier persona sensible en el exterior de sus fronteras, e incluso a registrar en el sistema a conductores borrachos, inmigrantes o a agentes de su propio personal que podrían ser espías potenciales. En aquel entonces también había tarjetas de huellas dactilares para los miembros de las fuerzas armadas, agentes extranjeros de EE. UU., fabricantes de material de guerra e incluso las propias personas que trabajaban entre el laberíntico archivo de estas mismas tarjetas. Todos necesitaban verificaciones de antecedentes y quedaban registrados en el sistema. Esto hizo necesaria una impresionante maquinaria logística que fuese capaz de registrar cada tarjeta (no existían los ordenadores, no lo olvidemos) almacenarla mediante un sistema que fuese luego sencillo para localizar y sobre todo con una necesaria capacidad de ser comparadas y consultadas. Algo nada sencillo para los medios de la época y que hizo necesario el máximo empeño material y humano en una titánica labor.

Estas son las fotografías de aquel impresionante lugar en el que se almacenaba y clasificaba toda esta información. El interior de la “Fábrica de Huellas” del FBI.

 

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