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La privacidad y la Red. Basado en hechos (casi) reales.

En uno de los paseos habituales que hago con la perrita (uno de los inconvenientes de compartir tu vida con una mascota) el tipo aquel al que no había visto en mi vida se acercó sonriente. En un principio interpreté que quería venderme algo. Sin embargo su pregunta fue aún más sorprendente:

– Oye, perdona… Tu eres Carlos ¿verdad?

-¿Disculpa?

-Si, CarlosJG. El del blog ese de informática.

-Err.. si, lo cierto es que si. Bueno, si te refieres a ThinkFuture, claro.

-Joder, claro que me refiero a ese. Me encanta tu blog, en serio. Lo tengo en favoritos y lo leo siempre que puedo. Tengo incluso guardados algunos artículos para leerlos más tarde con los consejos esos que das a veces.

Estaba un poco desconcertado, la verdad. Nunca he sido demasiado dado a los halagos gratuitos. Y menos aún si provienen de un total y absoluto desconocido

-Bueno… no se qué decir. Gracias, supongo.

-Oye, no te  importará si nos hacemos amigos ¿no? Casi es como si nos conociésemos, en realidad.

-Supongo que no, claro. ¿Qué tiene de malo?

-¡Estupendo! Oye, y ahora que somos amigos ¿por qué no me enseñas alguna foto de tu familia? No se, para conocernos mejor.

Un poco extrañado, saqué el móvil de la chaqueta. Y aunque cauteloso al principio, no pude menos que apartar rápidamente cualquier pensamiento extraño de mi mente. El tipo llevaba razón. Ahora éramos amigos.

-Pues mira, este es mi hijo. Aquí está mi mujer. Estos somos nosotros tres las vacaciones pasadas en Galicia….

La pantalla táctil de mi terminal iba pasando las fotos automáticamente. Toda la galería de las fotografías familiares desfiló ante sus ojos en unos minutos. Pude observar como tras enlazar mi terminal con el suyo vía Bluetooth, se descargó algunas de mis imágenes a su móvil.

-Me guardo dos o tres para mi. Espero que no te importe.

-Bueno, supongo que no, claro. Somos amigos

-Por cierto, cuéntame algo de ti. Donde vives, en qué trabajas exactamente, dónde has estudiado… no se, ese tipo de cosas

Algo más relajado por la evidente complicidad que se había creado entre nosotros, relaté a mi anónimo amigo lo que a grandes rasgos era mi vida. Sin entrar en demasiados detalles, pero si dando la sufiente información para que me pudiera conocer y apreciar aún más. Le conté dónde y cuándo nací, el nombre de mis padres y mi domicilio actual. Eso si, no quise darle el número de teléfono, era demasiado pronto para eso, así que obvié el dato. A pesar de ello si que le conté cual era mi trabajo e incluso le di el nombre de muchos de mis amigos y compañeros de trabajo. Es importante ampliar el abanico de amistades  y pensé -acertadamente- que la identidad de mis otros amigos era algo que sin duda alguna mi desconocido amigo debía conocer cuanto antes.

-Muchas gracias, hombre.  -Tras una breve pausa, algo aburrido ya de nuestra conversación seguramente más larga de lo que esperaba, añadió casi a modo de despedida- ¿Te importa si estos días me vas llamando y me vas comentando por dónde te mueves? Me refiero básicamente a que me avises cuando estés en sitios como restaurantes, cines, bares… no se, ese tipo de cosas.

En ese momento una leve punzada de desconfianza me hizo ponerme alerta. Estuve pensando unos segundos si debía dar tanta información a mi nuevo amigo, aunque rápidamente pensé que no debía preocuparme ¿Que había de malo en que mi amigo supiese cada día dónde estaba y cuánto tiempo seguramente podría permanecer en ese lugar? Es más -pensé inteligentemente- así mi amigo podrá saber si algún día quiere ir a ese mismo sitio qué es lo bueno. No se, puedo comentarle qué pedir de la carta de un restaurante, o qué película ver en un cine. ¡Era una idea magnífica!

Tras despedirme de mi amigo con un cordial “Nos vemos”, continué mi paseo sin darle mayor importancia. No había ni un atisbo de preocupación por la cantidad de información privada que acababa de darle a mi nuevo amigo. Muy al contrario, me embargó una extraña sensación de seguridad en mi mismo. Un leve pensamiento de orgullo me henchía el pecho. ¡Me sentía importante!

Sin embargo, esa sensación no había hecho más que empezar. En los días posteriores, debido sin duda a un extraño “efecto llamada” sobre otros compañeros y amigos de mi enigmático admirador, cada pocas horas algún extraño me asaltaba en plena calle. Casi siempre solían pedirme lo mismo: Me pedían permiso muy amablemente, y luego me preguntaban todos mis datos personales y querían ver las fotos de mi familia. Muchos de ellos, igual que mi primer amigo, me pidieron permiso para saber por dónde solía moverme y a qué lugares solía ir. Por supuesto, querían saber el lugar donde me encontraba en el mismo momento en que estuviese allí. De nada valdría comentar un lugar donde estuve dos o tres horas atras. Lo verdaderamente divertido era que todos ellos supiesen dónde estaba en ese preciso instante. Algunos de ellos incluso me decían a su vez a mi dónde se encontraban ¡Era divertidísimo!

Al cabo de unas pocas semanas mi ego había alcanzado cotas altísimas. Un cálculo simple hizo que viera que había más de doscientas personas en la ciudad que tenían las fotos de mi familia, los datos de mi trabajo, mi dirección…. Pero es que el número de personas a los que avisaba a cada momento de dónde me encontraba superaba los quinientos. ¡Era el tipo más popular de la ciudad! ¿No era maravilloso? Y lo mejor de todo es que ese número crecía cada día. Algunos -pocos- me dejaban aburridos, pero el número de nuevos amigos que me asaltaba cada día era mayor. La sensación de orgullo era estupenda….

Absurda historia ¿no es cierto? ¿Quién en su sano juicio dejaría que un absoluto desconocido viera las fotos de su familia? ¿Cómo podría alguien dejar que cualquier extraño ojeara las fotografías de su mujer, de sus hijas, de sus vacaciones o de sus días de fiesta con los amigos? ¿Quién daría su dirección, datos de trabajo, fecha de nacimiento y nombre de sus amigos al primero con el se cruzase por la calle? ¿Cómo podría alguien informar en tiempo real de dónde está y qué hace a un buen número de desconocidos de los que no sabe absolutamente nada? ¿Como alguien podría no plantearse siquiera el riesgo que supone dar toda esta información privada a cualquiera?

¿Seguro? ¿Absurdo totalmente? ¿Cuánto hace que no revisamos el nivel de privacidad en Facebook? ¿Cuando hemos comprobado nuestra lista de “amigos” en Foursquare? ¿Hemos revisado qué es lo que realmente decimos en Twitter y a quién le llega?

Si te preocupa alguna de estas cuestiones, atento a nuestra siguiente entrega de ThinkFuture: Cómo proteger nuestros datos en las Redes Sociales.