En uno de los paseos habituales que hago con la perrita (uno de los inconvenientes de compartir tu vida con una mascota) el tipo aquel al que no había visto en mi vida se acercó sonriente. En un principio interpreté que quería venderme algo. Sin embargo su pregunta fue aún más sorprendente:

– Oye, perdona… Tu eres Carlos ¿verdad?